Declarado por las Naciones Unidas como Año Internacional de los Afrodescendientes, el 2011 ha puesto en primeros planos el dilema de la racialidad. ¿Blancos, negros y mestizos han alcanzado la pretendida igualdad social? Escambray suelta el lastre de prejuicios y estereotipos para hurgar en los remanentes de la discriminación racial
por Gisselle Morales
Sin rastro alguno de resentimiento, Ofelia Madrigal inclina hacia delante en el sillón sus casi 90 años y lanza una frase lapidaria mientras recorre con los dedos las comisuras de su piel: “Esta no perdona, hija, por mucho que traten de meternos en la cabeza que somos iguales, es na’ más cuestión de mirarnos”.
Creció escuchando las historias de su bisabuela, esclava de las dotaciones trinitarias, asistiendo a la sociedad de instrucción y recreo para personas de color y soportando piropos al estilo: “Qué clase de blanca se echó a perder”.
“Es una cruz con la que hay que aprender a vivir”, asume, sin imaginar siquiera que la comunidad científica internacional ha auscultado cada palmo de la cadena genética y sopesado las diferencias fenotípicas entre millones de seres humanos para llegar a una conclusión inapelable: las razas no existen, son una construcción social.
Sin embargo, semejante perspectiva no alivia demasiado a los más de 70 000 espirituanos negros y mestizos que, pese a la política social impulsada por la Revolución, han sufrido en carne propia los remanentes del racismo, esa especie de enfermedad intangible y solapada que subyace desde hace siglos en el entramado social cubano.
ECOS DE LA ESCLAVITUD
En el principio fue la trata. Amarrados como animales en las bodegas de los barcos, miles de africanos llegaron a las costas de Cuba para echar sobre sus hombros el estigma de la esclavitud.
La suya fue, desde entonces, la mirada del vilipendiado. Bajo la dominación española y durante la República eran valorados únicamente en función del trabajo, de modo que se fueron tejiendo los más disímiles estereotipos en torno a los afrodescendientes, a su complexión física, su destreza para desempeñar oficios rudos y, peor aún, su incapacidad para el desempeño intelectual.
Tales concepciones, por desgracia, han llegado traspapeladas en el subconsciente hasta hoy, incluso en Sancti Spíritus, la provincia más blanca de Cuba según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), territorio que, sin embargo, durante el Siglo XIX vio aumentar su población negra gracias al boom plantacionista azucarero.
La presencia esclava subordinada al florecimiento económico en regiones específicas es la causa de que en la actualidad sean precisamente la cabecera provincial, Trinidad y Yaguajay los municipios que aglutinen el 73.53 por ciento de la población negra y mestiza radicada en Sancti Spíritus.
Para la inmensa mayoría de ellos, nacidos después del 59, las sociedades de instrucción y recreo exclusivas para personas de color o la imposibilidad de acceder a los beneficios sociales son apenas referencias de un pasado remoto que los cubanos preferimos olvidar.
No obstante, aun cuando el triunfo de la Revolución marcó el inicio de una política igualitaria para todos los ciudadanos y desbancó por decreto la discriminación racial, en el imaginario colectivo todavía perviven rezagos que solo el tiempo y los sostenidos esfuerzos gubernamentales podrán limar.
Al respecto, el Doctor en Ciencias Esteban Morales, estudioso de la temática racial en Cuba, asegura: “Haber proclamado en 1962 que el problema de la discriminación y del racismo estaba resuelto fue un error de idealismo y de voluntarismo político (…). Al no haber considerado en la política social el color de la piel como lo que es, una variable histórica de diferenciación entre los cubanos, se olvidaba que los puntos de partida de los negros, blancos y mestizos para hacer uso de las oportunidades que la Revolución ponía frente a ellos no habían sido los mismos”.
A similar conclusión ha llegado el cabaiguanense Ariel Ramírez, quien se autodenomina un “mulato de salir” y no precisa de tantas justificaciones psicosociales para lo que considera un fenómeno inevitable: “La culpa la tiene la esclavitud, que fue abolida como quien dice el otro día. No nos ha dado tiempo a superar el trauma”.
TENÍA QUE SER NEGRO
Sancti Spíritus. 22 de octubre. Ruta cuatro: A punto de mediodía, en el pasillo de esa suerte de laboratorio social que son las guaguas, una joven blanca mira desafiante al hombre que, necesariamente, le pasa por detrás antes de seguir camino hacia el fondo del ómnibus. “Tenía que ser negro”, más que susurrar, le vocea a la amiga junto a ella. La frase queda así, suspendida frente a las narices de varias decenas de espirituanos que la toleran con un silencio cómplice.
Por desgracia, casos similares se repite en los más disímiles escenarios con una frecuencia preocupante. Y es que, al decir de la socióloga Lisbet Muro, vicedecana de investigaciones y posgrado de la facultad de Humanidades de la Universidad de Sancti Spíritus, no hemos podido eliminar por completo el sustrato del racismo.
“Institucionalmente, en Cuba no hay discriminación racial, está pautado por la política social, pero es un tema que no se ha investigado de forma desprejuiciada. El hecho de que emergiera de nuevo este fenómeno se debe, como tantos otros, a la crisis de los 90, cuando salieron a flote problemáticas sociales que no habían sido del todo superadas. Además, cuando hablamos de la racialidad no estamos haciendo referencia a un problema que tiene una determinación física, sino que pasa por las representaciones sociales.
“En tal sentido, la Cuba de hoy ha tenido sus encontronazos, casi siempre por tratar de construir una conciencia nacional y por esa perspectiva global se pierde la mirada desde la individualidad. Antes no se podía ni hablar de racismo o reconocer que existía, pero siempre estuvo allí”, asegura la también master en Ciencias.
De ello da fe el poeta espirituano Pedro Mendigutía, quien ha indagado sobre la racialidad no solo como un método de introspección, sino también para explicarse las actitudes discriminatorias que se esfuerza en analizar, según sostiene, desde la “no piel”.
“Existe una discriminación solapada, estoy seguro. Desde las expresiones de cariño más inofensivas, como ese ‘mi negrito’ que la gente dice sin mala intención alguna, hasta los estereotipos que se han tejido en torno al afrodescendiente, su propensión a delinquir, su sexualidad.
“Yo siempre digo que la discriminación es producto de la falta de conciencia del negro sobre sí mismo. Entre muchos de nosotros hay una especie de estupidez, de mirada no crítica, al punto de que los peores chistes sobre las personas negras en ocasiones aparecen en boca de los propios negros, que son capaces de reproducir cuentos que los desmeritan. No nos valoramos lo suficiente.
“Por ejemplo, en el plano íntimo de las parejas interraciales se ha tejido el mito de que si una mujer blanca ha estado con un negro ya está ganada para la causa, como si se tratara de una labor proselitista. El negro cuando tiene una pareja blanca la exhibe con orgullo, como diciendo ‘miren lo que logré’, y estaría bien si fuera realmente por amor, pero es lamentable cuando sucede por las apariencias. En todas estas simplezas nos hemos movido. ¿Por qué razón tendemos a asumir una estética que nos es ajena? ¿Por qué nos estiramos el pelo? ¿Qué justifica que uno tenga que mutilar algo de su cuerpo para parecerse a la raza blanca?”, se cuestiona Mendigutía.
¿Ha sentido usted esa discriminación velada?, indaga Escambray.
“Sí, lo he sufrido. He mantenido relaciones sentimentales en las que han primado los criterios racistas. Tuve una pareja que un día, sentados tratando de dar solución a nuestras vidas, me dice: ‘El problema es que, te voy a decir la verdad, si tú no fueras negro yo me iría a vivir para tu casa’. Y aquello se termina precisamente por estas cosas.
“Para mí no ha sido fácil y sin embargo, por formación, porque una de mis influencias es la Logia de Teosofía, yo sé que el hecho de estar en este mundo bajo una piel no significa nada, que hay un sentido común, que predomina el amor, mucho más importante que identificarse uno con un color o con otro, eso es efímero. Yo trato de andar por la vida de esa manera, lo que pasa es que los otros no asumen la misma mirada”, apunta el intelectual espirituano.
Con menos declaraciones de principios raciales y, por ende, desde una perspectiva menos sufrida, la trinitaria Maribel García confiesa: “Mi hija mayor es blanca, el padre de la más chiquita es mulato oscuro y te digo que nunca ha habido la más mínima diferencia. Es verdad que siempre hay gente que te señala por aquello de que a los negros les gustan las rubias, pero no dejo que eso sea un problema en mi casa”, concluye.
LAS CUOTAS DEL PODER
Lejanos, casi traspapelados en la memoria colectiva están los sucesos de 1912, la llamada guerrita de las razas que fue más cruenta en algunas regiones de Oriente. No son pocos los que, de seguro, ni siquiera conocen este pasaje de la historia de Cuba por la forma sucinta en que se aborda actualmente en nuestras aulas.
Más horas-clase ameritan, sin lugar a dudas, próceres cubanos de color como José Maceo, Guillermón Moncada, o intelectuales de la talla de Juan Gualberto Gómez, no con el fin de exacerbar orgullos raciales, sino para matizar en su justa medida este ajiaco multicultural que es la nación cubana.
Precisamente con el ánimo de lograr una mayor representatividad de los distintos componentes étnicos, también en los órganos rectores de la sociedad, la dirección del país ha venido potenciando la promoción de personas de color a cargos directivos, tanto en el sector empresarial como en el gobierno, intención explícita en el proyecto de documento base que será analizado en la primera Conferencia del Partido.
Basten algunas cifras para ilustrar: en Sancti Spíritus, de los 75 delegados a la Asamblea Provincial del Poder Popular, 20 son negros y mestizos, al igual que el 15.1 por ciento de los cuadros que actualmente lideran las entidades de subordinación local del territorio. No se requieren postgrados universitarios para comparar datos y valorar desigualdades.
No obstante, esta suerte de empoderamiento a ultranza ha suscitado el desacuerdo de quienes lo ven como una mera asignación de cuotas. Por su parte, la socióloga Lisbet Muro advierte que “desde el mismo momento en que se prioriza la presencia de negros o mestizos por cantidades, ya de alguna manera se reconoce que están en desventaja”.
“No se debe perder de vista la posición relegada que tuvieron los negros antes del triunfo de la Revolución -continúa la especialista-, y eso significa tomar el grupo étnico como una variable que tiene una dimensión histórica elevada imposible de soslayar. Sin embargo, hay que ver de qué manera se tratan las cosas porque el hecho de que alguien diga: ‘hay que ponerte a dirigir’, puede interpretarse como que se le está haciendo un favor para que no esté tan mal. Entonces ahí también va implícita la desigualdad. Es una iniciativa loable, ciertamente; el enfoque es lo que debe ser rectificado”.
HERIDAS POR CICATRIZAR
Hace 52 años, cuando el gobierno revolucionario se propuso eliminar de raíz el problema de la discriminación racial, tomó como estandarte la frase de José Martí: “Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad”.
No obstante, para espirituanos como Pedro Mendigutía aún quedan heridas por cicatrizar: “No creo que podrá ser erradicado por ahora el racismo inconsciente que padecemos”, asevera.
¿No es la suya una postura un tanto pesimista?
“No, yo diría que soy objetivo. No puedes eliminar en poco tiempo lo que cinco siglos se encargaron de configurar. El problema racial es muy complicado y para resolverlo tendríamos que estar dispuestos los unos para con los otros, de ambas partes hay que ceder”.
Desde el estrado académico, la socióloga Lisbet Muro coincide con el escritor y con la inmensa mayoría de los encuestados por Escambray: “La sociedad cubana tiene que trabajar más en la eliminación de estereotipos y prejuicios que de alguna manera subyacen. No resolvemos nada con hacer como el avestruz para no ver las actitudes, los comportamientos de origen racista. Hay que tomar conciencia de que existe el problema y este reconocimiento será, entonces, el punto de partida imprescindible para replantearnos, de una buena vez, cómo lo vamos a solucionar”.
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